DÍA 9: VENECIA – TORCELLO, BURANO, MURANO

30 de Mayo de 2018

Comenzábamos nuestro último día de visita en Venecia, ya que al día siguiente pondríamos rumbo a casa.

Dedicaríamos el día a conocer tres islas del lago donde se encuentra Venecia: Torcello, Burano y Murano.

Nada mas salir de la habitación ya notamos la plasta de la humedad mezclada con calor. Para llegar a las islas deberíamos coger un vaporetto. Al estar nuestro alojamiento cerca de la Plaza de Roma, teníamos la cabecera con casi todas las opciones muy cerca. Hay planos con todas las líneas detalladas, pero nos aprovechamos de la tecnología y nos descargamos la aplicación AVM Venezia Official App. En ella introducías la hora, el origen y el destino, y te ofrecía todas las opciones posibles. Era muy cómoda.

Compramos una tarjeta con viajes ilimitados durante 24 horas, y así nos olvidábamos de tener que sacar billetes constantemente. El precio: 20 € por persona. No tenía nada de barato, pero si sumábamos los viajes por separado, nos salía rentable.

Cada vez que accedíamos a un vaporetto, teníamos que pasar la tarjeta por la máquina para validar el pase, lo cual era obligatorio.

Nos dirigimos primero a la isla más lejana: Torcello. Para ello cogimos la línea amarilla con parada en Murano y que continuaba hasta nuestro destino. Llegamos a las 10:51 y la isla era todo tranquilidad. Era muy pequeña. Recorrimos un camino al lado de un canal que nos llevaba a los monumentos visitables.

Primero vimos la Iglesia de Santa Fosca. Iglesia de Piedra y bastante sobria por dentro.
Venía a cumplir las funciones de lo que en la arquitectura bizantina se denomina un exonarthex, la cual estaba destinada a que pudieran seguir los oficios las personas que por diversas razones, como ser penitentes, no eran admitidos en la iglesia.

A pocos metros se encontraba la Basílica de Santa María Assunta. Aquí se podía pagar por ver el campanario y la basílica, o sólo por la basílica. Decidimos sacar la entrada conjunta: 9 € por persona. Incluía audio-guía, así que tras comprar la entrada pasamos a recoger el aparato. La mujer más estúpida que jamás haya conocido nos gruñó que la audio-guía era únicamente para visitar la basílica, no para la torre, y que nos la daría luego.

La visita comenzaba subiendo al campanario: 15 plantas del tirón sin descansos, en una torre de ladrillo cuadrangular.

Las vistas desde arriba eran bonitas, sobre todo de la isla de Burano.

Bajamos mientras veíamos cómo otros turistas subían fatigados las plantas de la torre.

La visita continuaba en la Basílica de Santa María Assunta. Ahora sí, recogimos la audio-guía de manos de la señorita borde y entramos.

Como venía siendo habitual en la visita a Venecia, las fotos dentro del templo estaban prohibidas. Aproveché los puntos muertos tras las columnas para poder hacer alguna y enseñaros el interior. Es una basílica menor, aunque en su día fue considerada una  catedral.

Tenía dos cúpulas de media naranja doradas de Jesús y la Virgen muy bonitas. Son los mosaicos de estilo bizantino-veneciano más antiguos de la región.

Pero sin duda, la joya del edificio era su mosaico en la pared contraria al Altar: era inmenso y con un grado de detalle que asombraba. Algo así esperaba de la Pala d’Oro en la Basílica de San Marcos el día anterior. Gracias a la audio-guía pudimos disfrutar de cada detalle del mosaico. Os aseguro que mi foto de extranjis no le hace justicia a la obra.  Las escenas representadas son la Crucifixión, el Descenso de Cristo a los infiernos y el Juicio Final. Os dejo el enlace al blog Viajar con Arte, donde podréis ver más fotos y tendréis una explicación detallada de la obra.

Estos eran los puntos principales a visitar en la isla, y como la cadencia de barcos entre Torcello y Burano era escasa, corrimos a coger el siguiente vaporetto que en pocos minutos nos llevó a la otra isla. Mientras hacíamos el camino de vuelta, nos cruzamos con hordas de turistas procedentes de viajes organizados.

Burano sencillamente me enamoró. Me pareció que estaba mucho más llena de vida que la propia Venecia: sus casas estaban perfectamente pintadas de colores llamativos, y el sol las hacía aún mas bonitas.

Los canales principales eran muy bonitos, pero lo mejor sin duda fue pasear por dentro de la isla. Me resultó muy encantador el olor a ropa limpia recién tendida, ver a la señora barriendo su calle… y había rincones con edificios muy bonitos como la coloridísima “Casa di Bepi Suá”.

En esta isla descubrimos que los italianos tienen un problema en general con las torres… Ya en Venecia vimos la torre de una iglesia bastante inclinada, pero la de Burano se veía su inclinación aún más acusada y desde muy lejos. La iglesia de esa torre estaba cerrada.

El motivo de que este pueblo tenga las casas pintadas de colores se remonta a sus orígenes pesqueros: los pescadores pintaban sus casas de colores muy llamativos para diferenciarlas unas de otras en los días de niebla.

Aunque es una isla muy pequeña y se ve en poco tiempo, me gustó mucho porque, a pesar de ser muy turística, había muchos rincones tranquilos y con encanto.

Pensábamos almorzar aquí, pero los precios de los restaurantes eran absolutamente disparatados. Estando en un pueblo pesquero como éste, quería comer algo de pescado, una típica fritura, pero de 25 € no bajaban los platos más económicos.

Nos arriesgamos y, aprovechando que teníamos un pase ilimitado de vaporettos y que salía pronto un barco, nos fuimos de nuevo a Torcello. Allí comimos en un restaurante al aire libre llamado Taverna Tipica Veneziana. Era un lugar de “comida rápida”: pedías lo que querías, te lo servían y te lo llevabas a tu mesa. Así maté dos pájaros de un tiro: comer risotto (otro plato que no quería irme sin probar) y una fritura de pescado. El plato donde sirvieron el risotto era comestible (estaba hecho de pan).

Sorprendentemente, teniendo en cuenta que la comida y la bebida nos costó 20 €, todo estaba realmente bueno y era abundante. Además comimos rodeados de pequeños gorriones, lo que había del lugar un sitio encantador.

Con la tripa llena, pusimos rumbo a nuestro último destino: Murano. De nuevo cogimos el vaporetto que hizo escala en Burano y nos llevaría a la famosa isla del cristal.

Tras un trayecto de 30 minutos, llegamos a Murano a las 15:30 y se notaba cómo el sol comenzaba a bajar. Después de ver la colorida Burano, Murano me pareció un poco apagada.

Comenzamos a pasear con un calor terrible y pudimos ver cómo unos maestros vidrieros hacían su trabajo. Hay mil tiendas de cristal en esta isla: hacen virguerías con el vidrio, pero sin duda, yo me enamoré de las figuras de animalitos.

Entramos en muchas tiendas buscando algo que llevarnos a casa y que nos gustara a los dos, y sin el peligro de romperse en la maleta en el camino de vuelta. No teníamos prisa, así que nos dedicamos a recorrer la isla con calma.

Vimos un par de obras de arte en la calle.

Paramos a visitar la Iglesia de San Pedro Mártir. La iglesia fue edificada en 1348 junto con un convento dominicano, y fue dedicada originalmente a San Juan Bautista. En 1474 un incendio arrasó el suelo y en 1511 fue reconstruida con el aspecto actual.

En el norte de la isla se encuentra el mayor templo de Murano, la Basílica de Santa María y Donato. Se trata de una iglesia cuyos orígenes se remontan al siglo VII, aunque su configuración actual es de finales del siglo XII.

El templo era inmenso, pero sin duda, el motivo por el que había tanta gente allí, era para descansar un poco del calor sofocante del exterior.

Tras el altar mayor había un bonito mosaico bizantino de la Virgen, muy parecido al que vimos en la isla de Torcello, aunque lo que más me llamó la atención fue el mosaico de su suelo. Todo el suelo eran mosaicos diferentes.

Al final, tras visitar muchas tiendas y comparar modelos, nos decidimos por una bola de cristal con una medusa dentro. Nos pareció muy bonita y era segura de transportar.

Pusimos rumbo a Venecia de nuevo. Pasamos al lado de la cuadrada Isla de San Michele, que es el cementerio de la laguna, y comenzamos a ver las torres de las múltiples iglesias de Venecia.

Aprovechando nuestro pase ilimitado, quería recorrer todo el Gran Canal en vaporetto para disfrutar de sus edificios. Venecia fue una isla de gente pudiente a quienes les encantaba alardear de sus riquezas. Es por ello que, en la cara que daba al Gran Canal, se esforzaban por que sus casas fueran lo más lujosas posible. Así encontramos fachadas que eran auténticas maravillas.

Recorrimos todo el Gran Canal hasta la última parada, que es el Templo de la Salud. Era impresionante por fuera, pero con el horario tan reducido que tenía, no pudimos cuadrar la visita para verla por dentro.

Desde el extremo donde se encuentra la Basílica había una bonita panorámica de la Torre Campanille en la Plaza de San Marcos.

Hicimos el camino de vuelta en el vaporetto para disfrutar de nuevo del paseo. Venecia al atardecer está especialmente bonita. Nos despedimos del famoso Puente Rialto, ya que sería la última vez que lo veríamos.

Cuando acabamos el trayecto, eran las nueve menos cuarto, buena hora para buscar dónde cenar. Elegimos un lugar popular entre los venecianos: Ai Garzoti.

Tuvimos que esperar un poco para sentarnos, pero no teníamos ganas de seguir buscando sitios, así que esperamos. El problema vino cuando quisieron sentar a otra pareja delante nuestra porque uno de los camareros no se enteró de que nosotros íbamos primero. Nos quejamos y se solucionó sin conflicto, pero Miguel ya se quedó un poco mosqueado. Las pizzas de este sitio están buenísimas. Sin embargo, no se puede decir lo mismo de la lasaña ni del pan que ponen con el cubierto, así que si vais, pedid sólo pizza.

De postre pedimos otro dulce típico italiano: pannacota; buena, aunque cara.

De nuevo cobraron el cubierto aparte y que sumen 2 € por persona a la cuenta, más las bebidas que son bastante caras (5 € por un agua y una coca cola) siempre sube mucho el total de la cuenta, aunque los platos sean baratos. El importe final fueron 27 €. Como nos hicieron esperar mucho para traer la cuenta, tuvimos el problema al sentarnos y la lasaña estaba regular, pagamos y nos fuimos un poco hartos de esperar y sin comprobar la cuenta. Días más tarde, haciendo cálculos de cuánto gastamos, nos dimos cuenta que no sólo tardaron mucho en traernos la cuenta, sino que además no incluyeron el postre, por lo que habría salido por más de 30 €.

A pesar de mi intolerancia a la lactosa, me parecía un pecado irnos de Italia sin probar un helado veneciano. Es por ello que buscamos una de las heladerías más antiguas de Venecia: Gelato di Natura – San Giacomo dall’Orio.

La muchacha fue muy amable y los helados estaban muy buenos y cremosos. Aunque Miguel se comió la mayor parte, yo disfruté mucho de lo que probé.

Eran las 10 de la noche, una hora más que buena para volver al hotel. Nos despedíamos de la bella Venecia.

Al día siguiente emprenderíamos el camino de regreso.

Para ver más fotos, pinchar aquí.

DÍA 10: VENECIA – MÁLAGA

ÍNDICE DEL VIAJE

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