DÍA 8: VENECIA – CASCO HISTÓRICO

29 de Mayo de 2018

Primer día en Venecia. Nos levantamos y subimos a las 8:00 para desayunar, ya que la habitación incluía el desayuno. Era muy básico, con zumos, café, tés, pan, embutido y bollería, pero todo estaba correcto. Los croissants estaban calientes.

Salimos a la calle para visitar los principales monumentos de Venecia. Aunque sea una isla, Venecia es muy grande y desde nuestro alojamiento hasta la plaza de San Marcos  tardamos media hora, andando por calles laberínticas donde era fácil perderse. Al igual que la noche anterior, la aplicación Maps Me nos ayudó mucho.

No se puede acceder con mochila a la Basílica de San Marcos, así que lo primero que hicimos fue dejarla en la consigna gratuita que hay en el Ateneo de San Basso, que se encuentra al lado, en Calle San Basso. La Basílica abre de 9:30 a 16:45 durante la semana y de 14:00 a 16:45 los domingos y festivos, que es aproximadamente el mismo horario que la consigna, así que hasta que no soltamos la mochila no pudimos hacer cola para entrar en la Basílica.

Leí que son míticas las colas que hay para acceder a la Basílica; por eso, cuando “sólo” esperamos media hora, no nos pareció para tanto. Supongo que el hecho de ser Mayo y no un mes de verano, afectó bastante. No están permitidas las fotografías, pero pude hacer alguna de extranjis… 😉 Hubo gente a quien pillaron haciendo fotos, pero salvo llamarles la atención, no hubo mayores consecuencias; y no como en el Gran Palacio Real de Tailandia, en la que los soldados te borraban las fotos de las cámaras ellos mismos… :-/

La entrada es gratuita, pero hay que pagar para ver los Tesoros y la Pala d’Oro. Había leído que la Pala d’Oro era espectacular, así que pagamos la entrada de 2 € por verla. Supongo que soy difícilmente impresionable porque, aunque era bonita y lujosa, no me pareció tan espectacular… Me la esperaba bastante más grande.

La Basílica me defraudó mucho. Me pareció muy oscura y descuidada por dentro (las fotos que os comparto han necesitado de mucho retoque para que se viera que en realidad el interior era dorado y negruzco como se veía).

En poco más de media hora ya habíamos visto la Basílica y pusimos rumbo al siguiente destino que se encontraba al lado, y el cual tenía muchas ganas de conocer: el Palacio Ducal.

La cola para acceder apenas fueron 15 minutos. El precio de la entrada eran 20 € e incluía la visita a otros edificios de la plaza. La visita comenzaba por una sala con restos arqueológicos romanos y continuaba en el patio central del recinto, que era espectacular.

Tuvimos que soltar las mochilas para continuar la visita. Aquí comenzaba la mejor parte. Aunque me encantó el estilo gótico cuando estuvimos viendo las iglesias y edificios de Eslovenia, siempre he sido una amante del Barroco: el Palacio Ducal es el paraíso de las personas como yo. Me dolía el cuello de admirar aquellos impresionantes techos.

Según íbamos avanzando por las salas iba aumentando la espectacularidad. Las mejores fueron:

– Sala del Senado. Fue la primera que me dejó boquiabierta. El techo era tan grande que no sabía cómo abarcarlo con la cámara.

– Sala del Consejo de los Diez. Esta sala era más pequeña, pero estaba abarrotada de gente, lo que me complicaba aún más grabar.

– Sala del Gran Consejo. Sin duda, la joya de la corona. La sala tenía 30 pasos de extremo a extremo. Al final del vídeo, la vigilante de la sala me dijo que no podía grabar vídeos. Sinceramente, no vi ningún cartel que lo advirtiera…

A lo largo de la visita vimos salas donde se conservaban armaduras. Era increíble que pudieran moverse con eso puesto, o que pudieran blandir semejantes espadas.

Tras pasar de sala en sala cubiertas de ornamentos y oro, continuamos la visita hacia el famoso Puente de los Suspiros. Debe su nombre a los suspiros de los condenados que pasaban por él, ya que ese puente llevaba a la zona de los calabozos. Sorprendía comprobar cómo, en apenas unos metros, se pasaba de la más exagerada opulencia a la más absoluta miseria.

Al haber muchos grupos organizados muy numerosos, las colas para acceder por el puente eran pesadas. Se avanzaba muy lento y el lugar era pequeño y angustioso.

Tardamos una hora y media aproximadamente en visitar el Palacio Ducal. Aunque era solo la 1 del mediodía, decidimos comer en ese momento, ya que el siguiente destino sería el Museo Correr y no sabíamos cuánto tardaríamos en visitarlo.

Estando en la Plaza de San Marcos, podéis imaginar que sentarnos a comer en cualquier sitio era prohibitivo. Es por ello que decidimos comprar algo de comida rápida. En este caso, la compramos en un lugar de “comida italiana para llevar” regentada por asiáticos ¡jajaja! y que se llamaba Bar Al Campanile. Miguel se pidió un “Involtino” de jamón, queso y lechuga, y yo una “Piadina” de espinacas. Para acompañar, pedimos también un “Arancini” (de nuevo, otra frustración: al igual que en Eslovenia las croquetas eran de patata, en Italia son de arroz). Todo ello, junto a un refresco, fueron 15.10 €. Nos lo comimos todo rápidamente por la calle y continuamos la visita.

Nos dispusimos a ver el resto de los edificios que se incluían con la entrada al Palacio Ducal. Son tres: el Museo Correr, el Museo Arqueológico Nacional y la Sala Monumental de la Biblioteca Marciana. Se visitan los tres juntos accediendo por el Museo Correr (no se pueden ver por separado).

Había leído mucho acerca del Museo Correr. Muchas personas decían que no merecía la pena y que fueron sólo porque lo incluía la entrada del Palacio Ducal. Con estas impresiones, mis expectativas eran bajas. Pero nada más llegar, quedé enamorada del edificio y sus techos.

Únicamente por disfrutar del edificio ya merecía la pena la visita, desde mi punto de vista.

Como inexpertos en Arte, no podemos opinar del valor de las obras expuestas, pero sí que nos resultó cómico cómo pintaban antiguamente al Niño Jesús.

Casi sin darnos cuenta, aparecimos en las salas del Museo Arqueológico, con restos romanos.

En algunas salas encontrábamos arte moderno con arte antiguo. De nuevo hubo lugar para las risas viendo bustos de Voldemort (Harry Potter), estatuas de mármol de Davy Jones (Piratas del Caribe), o un simio acostado mirando un teléfono móvil gigante.

La visita finalizaba en la Sala Monumental de la Biblioteca Marciana. Como si de una habitación del Palacio Ducal se tratara, encontramos un impresionante techo pintado que dejaba embobado.

En hora y media lo habíamos visto todo.

Salimos para ver otros edificios curiosos de Venecia, pero antes paramos a contemplar el famoso Puente de los Suspiros: por fuera tiene más encanto que andar por dentro de él.

Estaba muy nublado, cada vez más, y así no merecía la pena hacer una foto a la Plaza de San Marcos, así que pusimos rumbo al siguiente destino.

Las nubes no venían sólo a estropear las fotos, sino también a darnos una buena ducha. De repente, comenzó a llover con fuerza y, estando en la calle, no podíamos hacer otra cosa que sacar el paraguas y continuar andando.

Pasamos por el Teatro de la Fenice. El ticket eran 10 € por persona y 3 € más si querías hacer fotos. Me resultó tan indignante que nos fuimos sin entrar. Pusimos rumbo al siguiente destino: la Scala Contarini del Bovolo.

Escuchamos la explicación de una guía en español que contaba la importancia de la escalera que estábamos viendo. En su día, las familias adineradas accedían a sus viviendas por la cara que daba a los canales, y la cara que daba a las calles traseras estaba reservada únicamente para el servicio y la gente sin privilegios. Por ello, el construir semejante obra de arquitectura para que accediera el servicio era un símbolo de poderío económico, ya que el edificio era majestuoso tanto en la cara del canal, como en la cara de la calle.

Como almorzamos temprano, yo tenía un poco de “gusa” y me apetecía probar algún dulce veneciano. No nos arriesgamos y pedimos “Cestone a la mandorle”. Aparentemente debía estar bueno, tenía dos de mis ingredientes favoritos: pasta flora y almendras. Estaba bien pero era muuuyyyyyyyyyyyy consistente. Nos costó bastante acabarlo y eso que era solo uno para compartir…

El cielo se despejó y continuamos la visita hacia la Ca’ d’Oro, el mejor representante del estilo gótico en Venecia. Actualmente es un museo y ha sido muy reformado por dentro. Muy cerca se encuentra el puente por excelencia de Venecia: el Puente Rialto.

Aprovechando el cielo despejado, entramos a un edificio que está cerca del Puente Rialto. Es un centro comercial que se llama Fondaco Dei Tedeschi; tiene un inmenso patio central con tiendas carísimas en sus galerías.

Subimos a la última planta para disfrutar de las vistas desde su azotea. Con el sol bajo, amarilleando los edificios, se veía todo muy bonito.

Con el día despejado que se quedó, corrimos a la Plaza de San Marcos para poder hacer una foto decente a la Basílica de San Marcos.

De aquí, nos dispusimos a recorrer la zona sur de la isla. Comenzamos por el barrio de San Polo: un barrio de canales muy estrechos e iglesias en las que prohibían hacer fotos. No sé qué problema tienen las iglesias italianas con las fotos…

En la Iglesia de San Estefano, al verme el beato de turno con la cámara réflex colgada, se quedó al lado mía mirándome para que no hiciera ninguna foto. Lo que no sabía es que ya se la hice antes de que me viera… 😛

Está claro que las torres inclinadas son muy italianas ya que, tras el Museo de la Música, se veía una que claramente no estaba recta. Os aseguro que la foto no capta toda la inclinación que tenía. La entrada al museo es gratuita pero no se pueden hacer fotos.

Consultamos el precio de subir en Góndola y me quedé espantada… Cuesta 80 € dar media hora de paseo por la mañana (de 8:00 a 19:00) y 100 € por la tarde (de 19:00 a 8:00). Los precios son los mismos en todas las zonas de Venecia.

Sinceramente, pasamos de subir. A cambio, vimos pasar una con un cantante por uno de los canales que recorríamos. No quiero ni pensar cuánto les costaría el capricho.

Cruzamos por el Puente de la Academia, cuyos laterales estaban completamente cerrados por obras. Fue una pena no poder disfrutar de las vistas, pero al menos, desde el otro lado, vimos los edificios con el color anaranjado del atardecer y a lo lejos la cúpula de Santa María de la Salud.

Atravesando el puente llegamos al Barrio de Dorsoduro. Este barrio no me pareció tan turístico. Había mucha gente joven bebiendo en cantinas, otros fumando tabaco y lo que no es tabaco… Parecía una Venecia menos monumental y más urbana. Como en esta zona vive más gente, sus canales estaban llenos de barcas.

Poco a poco fuimos girando en nuestro recorrido poniendo rumbo al hotel. No eran ni las 8 de la tarde pero yo ya tenía hambre y sobre todo estaba agotada. Desde que salimos a las 8:30 de la mañana del hotel hasta ese momento, no nos habíamos sentado ni un sólo momento (ya que incluso almorzamos de pie) y empezábamos a acusar el cansancio.

Dimos una vuelta buscando sitios donde cenar. Por algún motivo que desconozco, la zona era bastante cara, pero no nos apetecía seguir buscando, así que elegimos uno de ellos: L’Osteria San Barnaba. El camarero nos abordó en la puerta para ofrecernos entrar, y finalmente nos convenció.

Quería seguir tachando platos típicos de Italia, así que yo pedí ñoquis y Miguel pasta. El día anterior pasé mis intolerancias por alto pero esa noche quería descansar el estómago, sobre todo porque el postre llevaría queso, así que como les dije que no quería ni cebolla, ni nata, ni tomate, me prepararon mis ñoquis con pato. Literalmente: “Gnocchi al ragù di anatra” (buenísimos), y Miguel pidió “Taglierini con pancetta”. De postre elegimos algo que habíamos visto en muchos sitios: “Biscotti veneziani con crema di mascarpone” (mascarpone con pastas). Yo no comí mucho por el tema del queso, pero estaba bueno. Ojo, porque en Italia siempre cobran el cubierto (en este caso, 2 € por persona). La cuenta final: 40 €.

En quince minutos llegamos al hotel para poder descansar un poco. El día estuvo bien aprovechado y pudimos hacernos una idea general de lo que era Venecia.

Para ver más fotos, pinchar aquí.

DÍA 9: VENECIA – TORCELLO, BURANO, MURANO

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